Pues, señor, esto se acaba. Y vive Dios que valía la pena de vivirlo. ¿Se habrán dado cuenta los cristianos del nuevo aire que la Iglesia quiere empezar a respirar? Recibo muchas cartas de amigos despistados. Vamos a ver si contestamos a un par de ellos.
Querido amigo: He recibido tu carta cuando estoy ya casi haciendo mis maletas. Tu carta me ha dolido. ¿Qué quedará de todo esto? -dices-. ¿Una hermosa colección de fotografias de obispos con mitra? ¿Se notará que ha habido un Concilio? Ahí, en Roma, seguramente os estáis creyendo que todo el mundo está mirando al Aula Conciliar. Os equivocáis. El mundo sigue, rueda indiferente. Lee del Concilio algunas de las noticias curiosas. Y luego vuelve a su mediocridad. ¡Y si al menos se hubieran enterado quienes más motivos tenían para hacerlo! Pero entre los católicos -los militantes, digo- ¿quiénes han visto las cosas que han pasado en la Iglesia, o mejor: las cosas que debieran haber pasado en la Iglesia? No te enfades: a veces tengo la impresión de haber seguido las noticias de un Concilio celeste, hecho para los habitantes de Marte o de algún otro planeta. Y las cosas que se han dicho para nosotros... tenemos la suficiente sordera para conseguir no correr el peligro de que nos puedan llegar a los oidos.
No me enfado, Luis. Incluso te agradezco profundamente tu carta. Los católicos corremos siempre el gran peligro del idilio, y aquí las cosas, en Roma, han sido tan bonitas que a veces uno puede terminar confundiendo belleza y aplausos con eficacia.
Pero creo que tampoco tu óptica es completa. El mundo no es tan sólo lo que ocurre entre los hermosos cortinajes vaticanos. Pero tampoco es sólo lo que se dibuja a través del sombrío cansancio de los rostros de muchos. ¿Quién no hubiera dicho desde Roma hace ahora mil novecientos años que la redención de Cristo no había servido para nada? ¿En qué se notó en los baños, en las termas, en el foro? ¿Quién hubiera pronosticado en el año cincuenta las dos mil quinientas mitras reunidas en San Pedro?
Vamos a tratar, pues, de ser objetivos y serenos, a sentarnos a charlar suavemente y hacer nuestro balance. Porque yo opino no sólo que se han hecho muchas cosas, sino que se han hecho cosas insoñables hace un par de meses. Vamos allá.
Y comencemos por el discurso del Santo Padre en la apertura. ¿No crees, de veras, que valía la pena organizar un Concilio tan sólo para que el Papa leyera en medio de todos los obispos del mundo aquel enorme acto de fe en nuestro siglo? ¡Qué ventana se abría, cómo se hacía el aire respirable! Un mundo lleno de "profetas de desventura" nos desgarraba a diario en dos, haciéndonos apostar entre hijos de la Iglesia y hombres de nuestro siglo. Y he aquí que de pronto, con toda sencillez, sin necesidad de enfáticas proclamas, se nos decía que podíamos ser las dos cosas al tiempo, más aún: que no podríamos ser buenos hijos de la Iglesia si no éramos a la vez buenos hijos de este siglo en que nos ha tocado vivir. ¿Quién esperaba tanto? ¿Quién deseaba más?
Y luego la respuesta del Concilio al mundo. Ya sé que han sido pocos los que se han enterado hasta el fondo de la importancia de este documento. No diré que se le haya hecho una campaña, de silencio, pero sí que casi nadie ha bajado a analizarlo y descifrarlo. Pero ¿no era una nueva bocanada de aire aquel tono sencillo, sin gestos de retórica ni pompa, aquel volverse hacia los problemas vivos del mundo, hacia su sangre y proclamar que la Iglesia de Cristo estaba decidida a ser ante todo la Iglesia de los pobres, de los que sufren, de los humillados? Me dirás que todo esto son palabras. Pero tú sabes que una palabra viva es, algo tan sólido como una semilla. Basta que haya corazones oue sepan recogerla. Y los habrá. Y los habrá pronto. No creo ser un profeta barato pronosticándolo.
Hablemos ahora de la presencia de los observadores. ¿Quién podía imaginarse hace dos años que íbamos a ver lo que hemos visto ¡en Roma!? Protestantes y ortodoxos moviéndose normales entre los obispos conciliares, entrando en la sala de Prensa del Concilio, charlando con todo el mundo, dando incluso conferencias públicas con su opinión humilde. ¿Quién se ibaa imaginar que todos los días los Pastores protestantes periodistas iban a seguir -junto a los periodistas católicos- las explicaciones que nuestros expertos daban de los esquemas conciliares, y que iban a seguirlo con verdadero amor, con apasionado interés, realizando a diario una fraternidad que no se quedaba para nada en un título? ¿Quién pudo creer que la presencia de los observadores en el Aula Conciliar no iba a coartar para nada a los Padres conciliares que iban a expresarse ante ellos con la más serena libertad imaginable?
¿Y cómo pesar la importancia de esta libertad en las discusiones conciliares? Todos sabemos lo decisiva que es la autoridad de la Iglesia, tanto más importante puesto que no trata de mantener un orden militaresco, sino una verdadera vida de caridad. Pero cuántas veces hemos corrido el riesgo de aparentar -al menos para quien no conoce las entrañas de la Iglesia- que nuestra unión era monolitismo, que nuestra atadura, de pimpollos a la vid era una simple sumisión a las órdenes de una dictadura. Hacía falta una pública demostración de libertad en la caridad, era necesario que desde Roma mismo se explicara al mundo que quienes son una sola alma a la hora de obedecer pueden ser, y son, mil espíritus libres a la hora de estudiar los problemas.
Y esta libertad daba paso a otra demostración: la de la catolicidad viva de la Iglesia. Tardaremos muchos años en comprender lo que para la vida católica habrá significado esta nueva y más profuncia catolización de Roma, esta reforzada y más viva romanización de lo católico. Porque ¿quién podrá librarse de su individualismo?, ¿quién conseguirá no terminar confundiendo la fe católica con "su manera de vivir la fe católica"? Inevitablemente, lentamente, el hombre va rodeando las cosas esenciales de cinco mil detalles personales, sus gustos, su cultura, su manera de ser. Un día, sin darse cuenta, terminará arropándolo todo bajo la misma fe, y tratará de imponerles a todos sus vecinos junto a la fe en la Eucaristía su manera personal de oír misa; junto a la fe en la Trinidad los adjetivos de la oración que él reza al Espíritu Santo; junto a su amor a Cristo las técnicas que él usa para estudiar los Evangelios. Y así, inconscientemente, el hombre tiende siempre el peligro de convertir el título de católico -la más universal de las banderas- en una bandería, la comunión católica en una pertinaz excomunión de todos cuantos tratan de vivir su misma fe desde distintas almas.
Por eso, Luis, era necesario -¿sabremos agradecerlo lo bastante un día?- que se nos explicase -así, visiblemente- que en la casa de la Iglesia hay muchas moradas, que el mismo Padre da a luz hijos rubios, morenos, altos, bajos, robustos o flacos. Y que se nos dijese que el catolicismo es tanto más fecundo cuanto más armoniza todos estas diferencias, cuanto más las respeta; y que la fe, no sólo no se divide, sino que se multiplica cuando se vive desde distintas almas, en diferentes tonos.
Los diálogos de los obispos, dentro y fuera del Aula Conciliar, el ver los problemas desde dos mil quinientos ángulos, sin duda nos han hecho a todos mucho más católicos; que el catolicismo es algo muy distinto de una hermosa etiqueta que embala quinientos millones de almas como quinientos millones de cajas idénticas, idénticas.
Pero tú eres obstinado, Luis, y me dices que en concreto qué hay, que qué nuevos decretos quedan ya preparados. "En dos meses de sesiones ni una sola reforma queda en marcha." Tampoco esto es exacto. Hay dos esquemas prácticamente encarrilados que van a significar un paso muy importante para la Iglesia de hoy. La liturgia y los medios de difusión van a recibir -han recibido ya- un impulso decisivo, es algo que está hecho. Tendremos una liturgia más viva, más de todos, más verdaderamente nuestra. Y la Iglesia hará un acto de fe en los medios de hoy: en la radio, en el cine, en la Prensa, en la televisión. Por de pronto habrá muchos menos caminos cerrados y habrá muchos más positivamente abiertos. ¿Crees de veras que es poco?
"Pero los grandes temas, los grandes temas...", dices. También los grandes temas están encarrilándose. Los tres grandes esquemas teológicos (el de las fuentes de la Revelación, el de la Iglesia, el de la unidad) no están elaborados, pero ya sabemos cómo "no" serán. No es poco. Saber que no se cerrarán los pasos al estudio científico y moderno de las Sagradas Escrituras, saber que los estudios de la Iglesia no serán simplemente jurídicos, sino vivos y con sitio para todos, saber que el tema de la unidad se construirá desde el máximo amor, son cosas demasiado importantes para no comprenderlas. No se hace un edificio en dos meses, es necesario limpiar los solares, allanar los desmontes, acarrear materiales, elegirlos, trazar el esqueleto de cemento. La cobertura de ladrillos se hace luego, rápidamente.
"Pero yo me refiero a los temas por los que sufren los hombres de hoy: el hambre, la distribución de la riqueza, la paz, los pueblos subdesarrollados. De todo esto, ¿qué ha dicho el Concilio?" Hubieras sido feliz viviendo en Roma todos estos últimos días, amigo Luis. Si vieras cuántos miles de veces hemos sentido todos esta misma pregunta, cuántas veces se ha formulado dentro: en el Aula Conciliar... Pero ninguna fruta cae sin madurarse. Todo se andará. La fruta nació ya en el mensaje de los Padres Conciliares al mundo. Dejémosla crecer. Puede que no tardemos demasiado en poder convocar a recogerla.
¿Y el mundo, se va a enterar de todo esto? Convénzase, Padre -me escribes-, el mundo seguirá bailando el "twist", admirando a Elizabeth Taylor, emborrachándose de fútbol, olvidándose del cielo. Y aquí tienes razón. Pero no toda. Alguien madurará. Alguien ayudará a madurar a sus vecinos. Habrá diez santos más. Diez santos más harán subir la temperatura del mundo. Dios es así. Ha aceptado esta materia humana, esta libertad nuestra, trabaja en lo secreto. No inyectó el cristianismo cuando vino como una enfermedad universal y contagiosa. Puso la semilla, y lenta, lentamente la dejó multiplicarse.
El Concilio va a dejar otra igual. No va a coger al mundo por la solapa y a llenarle de insultos por su "twist" y su fútbol. Nos va a poner en las manos de los pequeños cristianos la tarea de hacer fructificar todo esto que en Roma está naciendo. ¿No crees que tú, concretamente tú, dejando un poco al margen ese tonto pesimismo, tienes una buena tarea que cumplir en esta línea?
Un fuerte abrazo, Luis, con muchas esperanzas.
Querido Pepe: Me imagino que te lo habrás pasado bien leyendo la carta que acabo de escribir a nuestro amigo pesimista. En ella habrás encontrado las razones que tú has esgrimido contra los entristecidos de turno que te has encontrado. Pero yo quiero ser del todo sincero y completar mi pensamiento con la otra cara de la verdad. Porque tu iluso optimismo me preocupa tanto como su amargo pesimismo. Intentemos, pues, equilibrar las cosas.
Nuestro amigo no tiene razón para angustiarse como se angustia, pero creo que tampoco la tienes para contemplar el Concilio con ese espíritu triunfante de quien viene de ver vencer al equipo de casa. El Concilio es un partido que se está jugando, que se está comenzando a jugar. Y todos los hinchas del mundo saben que un partido no se gana hasta que se termina. Dormirse o emborracharse en la alegría de lo conseguido sería exponerse a perder todo cuanto se ha ganado.
Por de pronto el Concilio ha de seguir. Ha de afrontar aun a fondo los temas más difíciles. Hasta ahora -el Papa lo apuntó con una intuición certera- el Concilio ha vivido su noviciado. Un noviciado que ha enseñado muchas más cosas que las que ha logrado.
Ha demostrado que dentro de la Iglesia existen muchas mentalidades y que es necesaria una infinidad de mutuo respeto para que su encuentro no se convierta en choque. Ha apuntado el peligro de que esta o aquella tendencia se confundan a sí mismas con la "ortodoxia", que se crean que ellas solas tienen "toda" la verdad y que se dediquen a condenar a las otras tendencias. O a compadecerlas, que es peor. Porque los católicos somos terribles cuando nos ponemos a comprender compasivamente a nuestros prójimos.
Aún hay otro peligro mayor: que, por miedo a que no triunfe "nuestra" tendencia, unos u otros comiencen a "maniobrar" humanamente para defender la fe (es decir: nuestra tendencia). Hará falta mucha virtud para creer "a fondo" en el Espíritu Santo, para no tratar de "ayudarle" a acertar, para no aceptar que invadan nuestro espíritu los temores de los que ya en estos momentos empiezan a decir (¡Dios nos asista!) que el Concilio está desviando a la Iglesia. ¿Y cómo no percibir en muchos aires todos estos terrores, comprensibles incluso, pero que en todo caso debían empujarnos hacia la oración y no hacia el maniobreo humano?
Sí, le hará falta mucha fe a la Iglesia para aceptar serenamente el Concilio. Ya lo anunció con palabra tajante -y quizá un tanto excesiva -el canónigo Leclerq: "El Concilio será una desilusión general. Porque cada uno desea que el Concilio haga precisamente lo que él desea". Y bien el Concilio va a hacer -está ya haciendo- muchas cosas que muchos no desean, que muchos no deseamos, está tomando direcciones muy distintas de las que muchos esperaban, de las que muchos esperábamos. ¿Tendremos el coraje de no buscarnos "entendederas", de no suavizarnos sus decisiones con fórmulas "para nuestro uso personal"? No será fácil, Pepe, no será fácil. Te lo diré: ya he visto a algunos llorar por alguna de las decisiones conciliares. La obediencia nunca fue fácil para nadie. Y mucho menos lo será para quienes hayan llegado a creer que "su" visión de las cosas católicas era "la" visión católica. Será difícil, Pepe, será difícil. Y los católicos de estas o de aquellas tendencias vamos a tener que rezar mucho los unos por los otros.
Hay aún otros peligros. Que las reformas proyectadas se queden a mitad de camino. Por nuestra pereza, por la pereza de todos. Y por la doble dificultad que van a tener al realizar estas reformas aquellos católicos que hubieran preferido que estas reformas no se decretaran. Porque si la Iglesia ha respetado la absoluta libertad de los obispos a la hora de discutir esta o aquella reforma, si ha puesto en su mano un voto para decidir si debe o no hacerse, una vez que esta decisión haya sido tomada por la mayoría suficiente y una vez que esta decisión pase a ser ley, pedirá a todos los obispos que esa decisión se realice. Y se lo pedirá incluso a los que votaron contra ello. Incluso a los católicos que hubieran preferido la decisión contraria.
Ahora bien: la Iglesia es una sociedad de hombres, no de ángeles. No será fácil este caminar en la dirección contraria de lo que se pensaba. Y hará falta mucha humildad y mucha gracia de Dios para salir adelante en esta empresa.
¿Comprendes ahora, Pepe, por qué me asusta tu optimismo, cuando pienso lo que aún falta por conseguir? El Concilio acaba de empezar y con una altura de espíritu casi inesperable. Es necesario que este espíritu siga, que se mejoren incluso los defectos que -¿cómo no?- ha habido también en esta sesión, y que luego todos estemos a la altura del Concilio. En verdad que hemos dado sólo el primer paso. Atentos, pues, con los baratos optimismos cuando aún hemos de correr la mayoría del Concilio.
Y hay otra preocupación en el aire: la salud de Juan XXIII. Es necesario arrancar de las manos de Dios este regalo. Porque todo ha hecho ver que este timonero es casi imprescindible para vivir hasta el fondo esta hora que vivimos. Digo "casi" imprescindible porque Dios siempre tiene suficientes barajas en la manga para seguir su juego. Pero en cuanto humanamente podemos juzgar ¿no está buena parte del espíritu del Concilio en el don extraordinario de este extraordinario hombre?
Quienes hemos visto de cerca su dulce serenidad, la limpieza con que ha sabido ser "el Papa de todos", su no perder nunca la calma, su falta de miedo a la libertad, su no saber lo que son los nervios y dejar a cada fruta el tiempo de conseguir su madurez exacta, quienes hemos visto todo esto sabemos que Juan XXIII es el hombre elegido por Dios para este momento, para que los cambios que haya que hacer se realicen en la blanda paz de Dios, con suave energía, con esa tan total confianza en las manos del cielo que hace entrar en la apasionante aventura del Concilio sin perder siquiera el sueño, sin dejar por ello de salir a tomar el sol. Quiera Cristo ayudar a su Iglesia conservándolo.
Y ahora, mi buen Pepe Optimista, te hablaré de mi último miedo, del más profundo: ¿por qué todavía los católicos no hemos reaccionado ante lo que está pasando? Monto en los tranvías romanos, abro los periódicos de París, recibo las cartas de mis amigos de Madrid y... ¿dónde, dónde, dónde está el Concilio? Es más: entro en las iglesias, oigo los sermones, abro las revistas religiosas ¿y dónde está el Concilio?
¿Qué nos ha fallado, amigo? Me hubiera gustado tener a mi lado a todos los sacerdotes del mundo en estos meses, a todas las religiosas, a todos mis amigos cursillistas o de Acción Católica, llevarlos un día a la Plaza de San Pedro y decirles que todo lo que valdrá nuestra futura vida de cristianos -todo, absolutamente todo: desde nuestra oración de mañana hasta la santidad de los niños que ayer y hoy han nacido-, todo eso está ya aquí. ¿Pero de qué vale la calidad de los granos de trigo si nos falta la tierra que sepa recogerlo?
Abre los ojos, Pepe Optimista. No serán los ríos de mitras quienes santifiquen a la Iglesia. Somos todos nosotros entendiendo lo que hay detrás y dentro de los ríos de mitras. ¿Sabremos entenderlo, Pepe?
Aquí termina esta carta, amigo mío. Hay muchas esperanzas como ves. Pero no faltan temores. Hay surcos iniciados. Habrá que concluirlos. La Iglesia ya está en pie. Ahora será preciso que todos caminemos. El árbol de San Pedro tiene ya muchas flores a punto de estallar en frutos. Muchas palabras importantes se han dicho bajo la cúpula. Habrá que vocearlas sobre todos los techos. Habrá que convertir las palabras en acciones y poner nuestras manos a la altura de las bocas que en el Concilio hablaron. No es hora de malgastar nuestras fuerzas en beatíficas sonrisas. La esperanza no es un blando sillón, es un arado. Y tiene la empuñadura hecha a la medida de nuestras pobres manos.
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