Un periodista en el Concilio


8 de noviembre de 1962


UN VERDADERO MILAGRO

Parecerá ridículo: pero durante toda la conferencia de Prensa del cardenal Bea he estado acordándome del anciano Simeón del Evangelio o casi más de los Reyes Magos. Porque hay vidas en las que la estrella más hermosa se enciende en la ancianidad.

Conocía al P. Bea de sus años de rector del Instituto Bíblico, cuando yo era estudiante de Teología en la vecina Universidad Gregoriana. Le veíamos poco y, lo que nos hacía mirarle con un cierto aire de ser mítico, era su condición de confesor de Pío XII. Parecía una vida completa. Su fama de científico parecía haber llegado a la cumbre. Había lanzado al Instituto Bíblico por los nuevos jóvenes caminos y, siendo él un hombre de temperamento más bien moderado, en sus años de rectorado, el Bíblico se había puesto a la cabeza de las corrientes innovadoras en materia de Sagrada Escritura. Su obra parecía ya hecha.

Y he aquí, de pronto, que, cuando el cardenalato parecía un hermoso título de reposo en la ancianidad, se le enciende la maravillosa estrella de poner en sus manos la tarea más apasionante que hoy pueda realizar un cristiano, una tarea que siempre llevó en el corazón el Padre Bea, aunque nunca pudo soñarse dirigiéndola.

Hoy, hablándonos, parecía un abuelito. Inclinado sobre los micrófonos, con la ternura de los ancianos y una levísima picardía -o quizá simplemente felicidad- en el brillo de los ojos, nos ha leído despacio, saboreándolas, sus cuartillas escritas.

Se ha hablado en estos días de algo que dije después de la audiencia que el Santo Padre concedió a los observadores de las comunidades cristianas no católicas: "Es un milagro, un verdadero milagro". La frase fue efectivamente dicha y no fue solo fruto de la impresión de la audiencia -ciertamente única en su género e intensamente conmovedora por la impronta de delicadeza y familiaridad que el Santo Padre le imprimió-. No, la frase refleja todo ese conjunto de experiencias que habíamos tenido desde la institución del Secretariado.

Este milagro lo cifraba monseñor Bea, sobre todo, en dos hechos: en la presencia -¡en Roma!- de más de 40 observadores prácticamente de todos los protestantes y de buena parte de los ortodoxos; y más aún en otro hecho que si miramos las cosas con ojos de fe, es todavía más importante: en las repetidas llamadas que muchas comunidades cristianas no católicas han hecho a sus fieles para que recen por el Concilio. A esta unión en la oración es, sobre todo, a lo que yo llamo un verdadero milagro. Es éste ya un primer indicio de unidad y, sobre todo, un sólido fundamento de nuestra confianza en Dios. Si Jesús nos ha garantizado una acogida favorable a nuestra oración, cuando se unan dos para pedir una cosa en su nombre, con más seguridad será oída la oración de todos los bautizados en Cristo que, esparcidos por el mundo, se unen con la oración de Jesús, Sumo Sacerdote, al Padre: para que todos sean uno.

Luego el cardenal ha afrontado el problema de por qué la libertad de las discusiones conciliares ha impresionado tan favorablemente a los observadores. Y, explicándolo, ha tenido un párrafo que -no quiero ocultarlo- casi me ha hecho subir las lágrimas a los ojos:

Como se sabe -dijo- que en la Iglesia católica se subraya tan frecuentemente el principio de autoridad, incluso en materia doctrinal, fácilmente cabo el imaginarse que sus miembros, obispos incluídos, están como sojuzgados por esa autoridad, hasta el punto de que se les impida (permítaseme la expresión) pensar con la cabeza propia. De hecho más de uno se ha quedado maravillado al ver cómo puede un cardenal hablar llevando la contraria a otro. Con otras palabras: no se comprende frecuentemente el hecho de que la más completa adhesión al magisterio de la Iglesia no excluya la libertad de opinión en tantas cosas, que no han sido todavía aclaradas y definidas, Es, por tanto, muy útil observar en el Concilio, por una parte, la adhesión a la doctrina de la Iglesia, allí donde ya se encuentra aclarada y definida, como se ha podido ver en la profesión que tanto los obispos como el propio Papa han hecho en la inauguración del Concilio. Se trata aquí de la absoluta fidelidad a la doctrina recibida de Cristo, que ha sido enseñada por la Iglesia en el trancurso de los tiempos. Pero es conveniente ver, junto a esta fidelidad, la libertad de opinión y de discusión, en materias en que la doctrina está todavía por aclarar y definir o en que se trata de las aplicaciones prácticas.

¿No es maravilloso poder oír todo esto en Roma y de labios de un cardenal?

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