Un periodista en el Concilio


3 de noviembre de 1962


UNA CONFERENCIA DIVERTIDA

Hoy ha habido en la Oficina de Prensa del Concilio una conferencia que hará cosquillas a muchos. El Padre Massili, profesor del Instituto Internacional "San Anselmo", benedictino y experto de las comisiones conciliares, se ha soltado hoy el pelo hablando a quinientos periodistas. Ha sido apasionante, por la gracia que ha puesto a todas sus afirmaciones, sin detenerse en la frase valiente y aún picaruela. Me imagino que la Prensa de mañana recogerá todas sus palabras con punta y que esta punta picará a bastantes,

Vamos a ser nosotros serios y a recoger aquí las muchas cosas importantes que en esta conferencia se han dicho:

-Es ésta la primera vez que un Concilio se propone la reforma de la liturgia. Otros Concilios habían estudiado algún punto concreto, pero ninguno decidió coger el problema por sus raíces. Los tres objetivos más importantes son: la modernización de los ritos, la lengua litúrgica y la liturgia de los países de misión.

-El trabajo será muy difícil, pues hay que reconocer que hemos vivido muchos siglos de inmovilismo y errores litúrgicos muy difundidos y defendidos. Recordemos algunos hechos. En 1611 se prohibía el misal de Voisin, traducido por primera vez al francés; y en una de las bulas de condenación se execraba a aquel "hijo de perdición que se había atrevido a arrancar de manos del clero un libro que siempre se había mantenido bajo llave". Recordemos que la piedad extralitúrgica predominó mucho tiempo sobre la litúrgica. Incluso un santo como San Francisco de Sales, escribió entre sus propósitos, cuando le consagraron obispo, que, para no distraerse durante el canto del Credo y las lecturas de la Epistola y el Evangelio en la misa pontifical, rezaba misterios del Rosario. Y podemos recordar manuales de piedad no muy antiguos, en los que se lee que si hubiera que elegir, un día de diario, entre la misa y la meditación, mejor la meditación que la misa. E incluso... en la apertura del Concilio -la más importante liturgia de la historia de la Iglesia- vimos cómo el "Veni Creator" o el Credo los cantaba la "Schola" en lugar de dejar a todos los obispos del mundo que llamasen al Espíritu Santo o pregonasen su fe cantando todos juntos, quizá con voces menos afinadas; pero siendo más "Iglesia". Sí, habrá que andar mucho todavía.

-No, no soy pesimista. Las ideas que hoy recoge el Concilio, y que probablemente proclamará, apenas nos atrevíamos a exponerlas hace unos años. Lo menos fuerte que pensaban de nosotros era llamarnos "revolucionarios de buena fe". Pero, cuando el Espíritu sopla, siempre se abre paso.

-Lo primero que esta reforma ha de hacer es revisar uno por uno los "añadidos" litúrgicos. Muchos ritos no se adaptan a la mentalidad de hoy. El beso de paz, por ejemplo. Antiguamente todos se saludaban besándose; hoy sólo los parientes muy próximos se besan para saludarse. ¿Qué inconveniente habría en sustituirlo por un apretón de manos?

Luego habrá que liberarse de ritos que sólo se sostienen con un simbolismo vacío. El lavarse las manos en la misa, por ejemplo, antiguamente se explicaba porque el sacerdote bajaba a recoger las ofrendas de los fieles, pan, vino, frutos. Se lavaba les manos porque se las manchaba. Pero luego se suprimió la oferta de los dones y... se mantuvo el lavado. Pero, como así quedaba raro, se le buscó el simbolismo de una purificación, y para apoyar este simbolismo se puso el Salmo "Lavabo inter inocentes manus meas". Claro que en este salmo sólo el primer versículo alude a la purificación; pero, como no se iba a recitar sólo un versículo suelto, se puso todo el salmo.

Sobre todo, habrá que librarse de los añadidos que provienen de falsas interpretaciones. Por ejemplo: en la liturgia del Sábado Santo se clavan en el cirio pascual cinco granos de incienso. ¿por qué? Porque en la oración de ofrecimiento del cirio se dice que se ofrece "incensum istud". En el Medievo, que no sabían mucho latin, este "incensum" (que era simplemente un modo de denominar al cirio) lo tradujeron por "incienso"" y pensaron que para que la oración tuviera sentido habla que ponerle incienso al cirio.

Y no digamos la necesidad de revisar las ceremonias paradójicas. El sacerdote dice a los fieles "Ite, missa est" ("marchaos, la misa se ha terminado"). Y luego les riñe si, marchándose, le obedecen, porque después de decir que la Misa se ha terminado, ésta sigue un rato más.

-Sobre todo, habrá que estar atentos a revisar la acumulacion de ceremonias, multiplicadas a lo largo de los siglos. ¿Qué vamos a pensar de esas ceremonias en las que el obispo gasta la mitad del tiempo en ponerse unos vestidos, quitarse otros, ponerse una mitra, quitársela, ponerse otra de otro color, primero vestidos blancos, luego morados? Son simplemente ceremonias mezcladas y llenas de repeticiones. ¿Y para qué andar cambiando el misal, primero a la derecha, luego a la izquierda, luego otra vez a la derecha? Nada de todo esto se hacía en la liturgia primitiva.

-Naturalmente, estas reformas no han de hacerse por el afán de reformar. Ni ha de hacerlas cualquier curita o cualquier grupo de seglares por su cuenta y riesgo. Dejar una costumbre para coger otra peor, sería un disparate. Sólo la Santa Sede y las comisiones de expertos decidirán cómo será el futuro. Habrá que distinguir bien las tradiciones de las costumbres, recordando siempre que la tradición no es tradición por la cantidad de años que haya durado, sino por la cantidad de espíritu que ha transmitido. El pasado venerable hay que respetarlo por lo que tiene de venerable, no por lo que tenga de pasado.

-En cuanto al canto gregoriano, pensad que quien os habla es un benedictino que ha nacido prácticamente cantando gregoriano y que sueña que el gregoriano sea siempre celosamente conservado en nuestros monasterios. Pero todo esto no debe cegarme ni cegarnos. El gregoriano que hoy conservamos no nació del pueblo, sino en los monasterios. No es, por tanto en su conjunto, un canto popular, sino minoritario. Y toda su estructura es tal que nunca será popular en su mayoría. Hoy nadie discute la categoría artística del gregoriano, pero una cosa es una forma artísticamente válida y otra una forma litúrgicamente válida. La liturgia no es un arte y ha de juzgarse, sobre todo, por sus valores apostólicos, no por puras categorías estéticas. Por tanto, obsesionarse por mantener para el pueblo todo el canto gregoríano es tanto como resignarse a no tener canto litúrgico. El canto gregoriano debe ser seleccionado o sacrificado como canto de la colectividad. En mi opinión, debería mantenerse y fomentarse en los monasterios, Y para los fieles, conservar algunas de sus formas, las más sencillas, las más antiguas. Y buscar una nueva música popular, hecha quizá sobre bases gregorianas pero adaptada al pueblo.


UN HOMBRE LLAMADO JUAN

Sucedió hace cuatro años. Un periodista español esperaba en la plaza de San Pedro el nombre del sucesor de Pío XII. Cuando la buena noticia llegó desde el balcón de la basílica con el nombre de Angel José Roncalli, el periodista, con un gesto casi decepcionado, comentó: "Setenta y siete años. Lo que se esperaba: un Papa de transición".

Al lado del periodista estaba un sacerdote de pelo cano y ojos diminutos y brillantes. "Bueno, no importa -dijo-; en la historia de la Iglesia siempre los papas que más reformas han hecho han sido los que han tenido pontificados más cortos." El sacerdote que decía esto era el Padre Hertling, uno de los mejores expertos en historia de la Iglesia, profesor de esta asignatura en la Universidad Gregoriana.

El periodista de la historia me contaba esta anécdota mientras recorríamos esta tarde la basílica, que se prepara para conmemorar mañana el cuarto año de Pontificado de Juan XXIII. Y los dos coincidíamos en desear a Juan XXIII un largo pontificado, pero, sobre todo, en comprobar que pocos Papas nos ha dado este siglo más audazmente reformadores que el que hoy gobierna a la Iglesia.

-Nadie como Juan XXIII para dirigir un Concilio -me decía-. Y yo asentía profundamente a esta afirmación de ver en el Papa Juan un hombre enviado por Dios para esta hora.

¿Pero quién es, cómo es Juan XXIII? Pregunta facilísima y dificilísima de responder. Intentémoslo.

Y comencemos señalando cómo nadie ha dicho tantas cosas acertadas sobre Juan XXIII como Juan XXIII. No hay día en que hable sin contarnos unos nuevos retazos de su vida. Algún, día alguien hará una autobiografía de Juan XXIII con sólo enhebrar todos los datos autobiográficos que hay en sus discursos.

Pero hay un texto que es una verdadera fotografía de toda su espiritualidad. Es el discurso con que se autopresentó a sus fieles de Venecia al ser nombrado Patriarca. Un párrafo sin desperdicio, con un mundo dentro de cada palabra:

Quiero hablaros con la mayor sencillez de corazón y de palabra. Me habéis esperado ansiosamente: os han dicho y escrito de mí cosas que sobrepasan con mucho mis méritos. Me presentaré yo a mí mismo.

Como todos los demás hombres del mundo provengo de una familia y de un punto bien determinado: con la gracia de una buena salud física, con un poco de sentido común que me hace ver rápida y claramente las cosas; con una predisposición al amor de los hombres que me hace fiel a la ley del Evangelio, respetuoso de mis derechos y de los derechos de los demás; que me impide hacer mal a nadie y me empuja a hacer bien a todos.

Provengo de cuna humilde y fui educado en una pobreza contenta y bendita, que tiene pocas exigencias y que protege el florecimiento de las virtudes más altas y nobles y que prepara para las elevadas cuestas de la vida.

La Providencia me sacó de mi pueblo natal y me hizo recorrer los caminos del mundo en Oriente y Occidente, acercándome a gentes de religión e ideología diversas, en contacto con los problemas sociales agudos y amenazadores, y me conservó la calma y el equilibrio en el estudio y en la valoración de las cosas: siempre preocupado, salva la firmeza a los principios del credo católico y de la moral, mucho más de lo que une que de lo que separa y divide.

¿Puede decirse más sobre una vida en pocas palabras? He pasado la tarde releyendo el epistolario del Papa a su familia y amigos, a lo largo de los últimos años, y me ha maravillado su espíritu, del más puro Evangelio.

Desde que salí de casa a los diez años -escribe a sus padres -he leído muchos libros y aprendido muchas cosas que vosotros no podíais enseñarme. Pero las pocas cosas que aprendí de vosotros son aún las más preciosas e importantes que poseo y las que sostienen y dan vida y calor a todas las otras que aprendi después.

Bendigamos juntamente a la Providencia y continuemos abandonados a sus manos en la vida y en la muerte. Este es el mejor modo de vivir: fiarnos del Señor, conservar la paz del corazón, tomar todo por el lado bueno, tener paciencia y hacer el bien a todos y a nadie el mal.

¡Qué tratado de vida espiritual en estas pocas líneas!

O estas otras, que definen el nuevo espíritu que el Papa está dando a la Iglesia, escritas hace cuarenta años a un amigo y maestro.

Nuestros antepasados, en tiempos de luchas, de las que yo también viví el último eco, tenían como mote el "Frangar, non flectar" ("Me romperé, pero no me doblaré"). Yo prefiero en cambio el mote contrario: "Me doblaré, pero no me romperé", sobre todo cuando se trata de cosas de orden práctico. Y pienso que tengo conmigo a toda la tradición de la Iglesia. Sigamos pues, por este camino y dejemos que el mundo hable. Una vez salvados los principios doctrinales hay que seguir animosos y alegres por el camino justo.

¿No se entienden muchas cosas de este Concilio a la luz de estas palabras? ¿No está trasvasando Juan XXIII a la Iglesia ese lema de "Flectar, non frangar", una vez salvados los principios doctrinales? La obsesión por lo pastoral, ¿no se trasluce en estas palabras?:

Haces bien, amigo, en no abandonar el ejercicio del ministerio sacerdotal. ¡Oh, cómo te envidio por eso! Espero que un día el Señor tendrá en cuanta el sacrificio que desde hace siete años me he impuesto en este aspecto. ¡Ah, qué pobre vida la del obispo o el sacerdote reducido a ser sólo un diplomático o un burócrata!

A medida que pasan los años y que va envejeciendo el anciano Padre asuncionista que trabaja conmigo y se me va haciendo menos útil a causa de sus achaques, siento la necesidad de un joven secretario que me ayude en tantas cosas que me roban todo mi tiempo. Pero al pensar que un joven sacerdote estando aquí no podrá hacer ningún ministerio, tiemblo ante la responsabilidad de llamarle. Tú mantén la posibilidad que tienes de predicar, de confesar, de fortalecer el catecismo, de celebrar bien.

Y al fondo de todo la gran causa que explica la paz de Juan XXIII: la voluntad de Dios, su norte constante, He aquí una carta a un amigo destinado a la Curia:

Tu nueva posición te traerá a veces la tentación de pensar en el bien mayor que crees que podrías hacer donde trabajabas antes, con mayor contacto en las almas. Es una tentación que hay que rechazar como tantas otras. "Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad." Esto basta. Aunque el Señor te pidiera como único trabajo el celebrar misa y dar una vuelta cada día a la muralla para contar las plantas.

En esta gran finca en la que trabajamos, la Iglesia católica, una ocupación vale lo mismo que otra, con tal de que se trabaje bajo la mirada del Amo y que se haga todo con exactitud. Y creo que es característico de los verdaderos servidores del Señor este sentirse llamados a una cosa y tener que hacer otra. Y esto es lo que le pasa a este amigo que te escribe. ¿No hubiera sido mejor ser un buen canónigo de la catedral, ayudar a los jóvenes seminaristas, explicar alguna clase de religión y ejercitar un poco la paciencia con las almas sencillas que se contentan con poco? Tal hubiera podido ser mi vida. Y ha aqui en cambio lo que me toca hacer: tengo una dignidad que no merezco y una potestad de orden que no puedo ejercitar ni siquiera como el más simple sacerdote; rarísimas veces tengo la oportunidad de pronunciar una plática espiritual; nunca puedo confesar; y me paso el día ocupado sobre una máquina de escribir o manteniendo fastidiosas conversaciones diplomáticas.

Pero con todo vivo en paz; porque el éxito final es de quien hace verdaderamente con gran corazón la voluntad del Señor y toma todo por las buenas y obedece de buen humor.

Y todo esto lo traduce Juan XXIII a diario, con las anécdotas que, incesantes, han ido salpicando su vida. Anécdotas que son mucho más que chistecitos o golpes de humor; anécdotas que alguien ha llamado "encíclicas menores", porque a través de ellas se dibuja cada mañana una nueva página evangélica, un nuevo dato que retrata un espíritu.

He aqui algunas de las más significativas:

LA CARCEL DE ORO

Recientemente nos lo contaba un cardenal español. No hace mucho el Papa confió a un grupo de cardenales una pequeña historia: lo mal que lo pasó en sus primeros meses de Pontífice: "Ya estaba señalado todo lo que tenía que hacer: tenía que pasear solo, comer solo como un seminarista castigado, no podía salir de mis jardines, Y, si salía, todo el mundo lo tomaba como una revolución. Ahora ya he conseguido que lo vean con naturalidad".

Y recientemente también, cuando el rector del Colegio Español le visitó para comunicarle que el nuevo colegio iba felizmente acabándose y para decirle que el dia de la inauguración definitiva esperaban que el Papa les honrase con su presencia, Juan XXIII contestó, "Magnífico, así tendré otra ocasión de escapar de esta jaula dorada".

A SUS ORDENES

En una audiencia a un grupo de sacerdotes italianos reconoció el Papa a monseñor Pintonello, capellán general del Ejército italiano, a cuyas órdenes militó Juan XXIII siendo simple sacerdote en la guerra del 14. Cuando monseñor se puso de rodillas para besar el anillo pontificio, Juan XXIII, sonriendo, se cuadró y dijo en voz alta: "Sargento Roncalli; a sus órdenes, mi general".

ESCRIBID SIMPLEMENTE

Una de las primeras audiencias del nuevo Papa hace cuatro años fue la concedida al director de L'Osservatore Romano, el Conde de la Torre. Al despedirse, después de la larga charla, el Papa dijo al conde:

-Y en el periódico, cuando escribáis de mí, evitad por favor, las fórmulas tradicionales: "El Santo Padre, iluminado por la Gracia, ha dicho", o "hemos recogido de los augustos labios." No. Escribid simplemente: "El Papa ha dicho" o "El Papa ha hecho..."

UNA PASTORAL SOBRE LA MODA

Venecia en pleno período de festivales ha lanzado la inmoralidad a las calles. El cardenal Roncalli ha vuelto escandalizado de su paseo por la ciudad. Y escribe una pastoral sobre la moda. Pero ni aun entonces se rasga las vestiduras, unta su pluma en su eterno humor: "No es que yo pida a los turistas que vayan en verano con abrigos o vestidos de lana. Pueden muy bien vestirse con esa seda americana moderna, fresca y dulce, que es un verdadero ventilador a bajo precio. Por otro lado Italia no es el Ecuador, y aun en el Ecuador, ¿no llevan los leones sus melenas y los cocodrilos su preciosa piel?"

EL DISCURSO DEL EMBAJADOR

30 de diciembre de 1944. El general De Gaulle recibe al Cuerpo Diplomático. El discurso de saludo debe hacerlo el Nuncio de Roma, como decano del cuerpo de embajadores, y en su ausencia será sustituido por el embajador de Moscú. Monseñor Roncalli, recién nombrado para la nunciatura de Paris, vuela para evitar esa sustitución y llega a Paris una hora antes de la recepción. Le comunican que, no contando con él, han encargado a Bogomolov de que prepare el discurso. El cardenal se presenta en la Embajada rusa, donde esperan todas las visitas menos ésta. Saluda cordialmente al embajador y le pide si puede dejarle ver el discurso preparado. El cardenal lo lee y comenta: "Es magnífico. No tendré que preparar otro distinto. Si a su excelencia no le molesta leeré éste. Sólo me voy a permitir añadir una pequeña alusión a la Divina Providencia".

LOS HOMBRES, COMO EL VINO

Al presidente Herriot le gustaba bromear con el Nuncio en París. Una tarde hablan sobre los jóvenes y los viejos:
-A usted, monseñor, ¿quiénes le parecen mejores?
-Ah, los hombres son como el vino. Algunos se convierten en vinagre. Pero los mejores ganan con el tiempo.


UNA PAGINA DEL EVANGELIO

Anécdotas, muchas anécdotas. Detalles, muchos detalles. Pero, detrás de todo, una constante: el Evangelio. El Evangelio y su mensaje de paz, de bondad, de sencillez, de amar a los pobres y pequeños, de apertura ante la voluntad de Dios, una transparencia cristiana

Mañana, cuatro años de pontificado. En todos y en cada uno de los días el mismo amor. Juan XXIII está enseñando a la Iglesia su camino: el de añadir cada día una nueva página al Evangelio

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