Pero todo se aclaró cuando abrí la ventana: era ya de día y, al fondo, a través de
las vigas esqueléticas de una casa en construcción, vi la cúpula de San Pedro. Tenía ese
aire luminoso y transparente de siempre, esa su serenidad tan perfecta que parece
que no tuviera volumen, como si estuviera recortada de una postal y la hubieran puesto
ahí mientras llevaban la auténtica a arreglar.
Estaba de nuevo en Roma, sí. Y, por si la cúpula no me lo demostraba del todo, un
alegre ciprés en el jardín venía a confirmarlo. Porque Roma es la única ciudad del mundo
en la que los cipreses son alegres.
Me afeité de prisa y dije, aún medio dormido, la misa, un poco precipitada también
porque Gianni vendría a buscarme de un momento a otro. Le había llamado la noche anterior:
Recordaba aún mi sorpresa de pocas horas antes cuando en Ventimiglia compré el
primer periódico italiano. "Mañana el Papa visitará Asís y Loreto." Al salir de Bilbao
día y medio antes, yo no tenía ni idea de este viaje. Ni la tenía nadie en el mundo. Porque
a Juan XXIII no le convencía mucho la etiqueta y prefería hacer las cosas improvisadas.
Y hete aquí al pobre periodista, que se viene a Roma seis días antes del Concilio para tomar
sus posiciones sin prisa, envuelto en la primera aventura a las pocas horas de llegar, sin
dormir casi después de cerca de cuarenta horas en tren.
Claro que... podía limitarme a ver la cosa por televisión. Pero, ¿qué tipo de periodista
sería uno si se limitase a contar lo que había visto desde una cómoda butaca? Había que ir,
echándose el cansancio a las espaldas. Porque mi fatiga podía esperar, pero la noticia
no esperaba.
Pregunté a Gianni, un viejo amigo italiano, periodista:
Gianni me contestó a la gallega, con otra pregunta:
Fue fácil convencer a Gianni. Media hora después volvió a llamarme:
No se retrasó. A las seis y cinco volábamos hacia la estación del Vaticano.
Me gusta montar en moto. Nunca he sabido ir ni siquiera en "bici" y me da bastante
miedo cabalgar tras las espaldas de alguien. Pero quizá es este miedo el que me produce
una especie de exaltación, como si estuviera poco menos que realizando una peligrosísima
hazaña.
Y ayer por la mañana la alegría se multiplicaba por cinco mil razones. Volvía a revivir
mis viejas calles según las cruzaba, y el limpio aire de la mañana, que anunciaba uno de los
espléndidos días otoñales romanos, parecía ir bautizando todas las esquinas.
Gianni me peguntó:
Teníamos que vocear para oírnos. Y creo que él y yo nos sentíamos muchachos, como hace
quince años, cuando nos conocimos, haciendo él sus primeras armas periodísticas, siendo yo
todavía seminarista sin barba.
Pero no hubo tiempo para muchos recuerdos. A los diez minutos estábamos en la estación del
Vaticano.
Es una pequeña estación, una de las más pequeñas del mundo. Tanto que el corto tren que nos
llevará a Loreto no cabe en ella: dos de sus vagones quedan al otro lado de la puerta que
separa el Estado Vaticano de los dominios de Italia.
Huele a siglo XIX. Dos bajorrelieves adornan la estación: uno representa la nave de San
Pedro, otro el carro de fuego del profeta Elías. Y uno no puede menos de sonreír al
imaginarse al profeta marchando hacia su cielo en una chocolatera como la que hay en
cabeza de nuestro pequeño tren.
Subimos a husmearlo mientras llega el Papa. Tras las dos locomotoras del Antiguo Testamento,
el coche de la calefacción y el de la cocina, viene el vagón que hoy ocupará el Papa. Pero creo
que aún no he dicho que este es el tren del Presidente de la República italiana, cedido hoy
expresamente al Papa para su viaje. El Estado Vaticano tiene su trenecillo, pero es tan
antediluviano que su paso por las vías de Italia podría parecer más un carnaval que
una peregrinación.
El vagón del Papa está dividido en cuatro departamentos: dos pequeños dormitorios,
separados por una ducha, y un cuartito de estar. En él, dos butacas tapizadas de ocre
con cojines blancos y un reclinatorio rojo. Sobre la mesa que separa las butacas hay una
lámpara encendida.
Son las seis y veinticuatro de la mañana cuando llega el Papa. Está igual que hace tres años.
Casi diría que ha rejuvenecido. Debe ser la cara de chiquillo travieso que trae hoy.
La mirada le brilla al fondo de los ojos como si fuese a realizar una aventura hace
mucho tiempo soñada. Los periodistas estamos casi solos con él. Los fotógrafos disparan
sus máquinas, los operadores cinematográficos filman sin descanso. "Santo Padre, una bendición
para los periodistas." "No hace falta que me lo recordéis. Yo rezo siempre por los periodistas."
Hay en toda la mañana un aire juguetón, de víspera de vacaciones en el colegio, de desayuno
con churros en el santo del rector.
-Está todo listo?- grita el jefe de estación.
Y se equivoca. A las seis y treinta y dos minutos el trenecillo parte. Desde nuestro vagón
de cola vemos, sobresaliendo de la ventanilla del coche de cabeza, el ala roja de la teja
del Papa y la blanca mano anciana, con el anillo pontificio que refulge. Cruzamos ante la
cúpula de San Pedro, atravesamos los jardines vaticanos, las calles de Roma. Hay muchos
madrugadores que saludan desde todas las ventanas. La mano del Papa se levanta, comenzando
a bendecir.
La estación del Trastevere es toda un entusiasmo de banderas, pancartas y gritos. La banda
de un grupo de Aviación toca el himno pontificio mientras las autoridades italianas saludan al
Papa y pasan luego a su coche. El último discursito es el del ingeniero ferroviario: "Que este
viaje sea una bendición para nuestras vías." Bajamos de nuestro coche y nos arracimamos bajo la
ventanilla del Papa, que sonríe divertido mirándonos.
-Conservad bien esos blocs de notas. Veréis lo que os gusta revisarlos cuando tengáis ochenta
años. Os auguro muchos de vida. Y que volváis a hacer la crónica de otro viaje del Papa a
Loreto.
El diálogo discurre familiar, sin casi atender a los miles de aplausos y gritos que surgen
de las casas vecinas, del grupo de hombres y mujeres del barrio que luchan por romper los
cordones de policía. Suena una campana. Corremos a nuestro vagón. El tren parte. Son las siete
en punto.
Seguimos cruzando los barrios de Roma, atestados de público. Grandes grupos de niños con
mandiles azules y cuellecitos blancos agitan sus banderas italianas y pontificias. El Papa
sigue de pie en la ventanilla, saludando, bendiciendo. A las siete y diecisiete abandonamos la
última estación de Roma. Y el tren -ahora ya con dos máquinas modernas- coge velocidad.
Sólo ahora me doy cuenta de lo feliz que soy. Embarcado en este cuento de hadas, mientras
el sol comienza a salir tras el horizonte, respiro a pleno pulmón el aire y la velocidad, y
recuerdo que yo estaba cansado y que todo mi cansancio debió quedárseme, como una maleta
olvidada, en el andén de la estación del Vaticano.
Mis amigos periodistas se han sentado ya y comienzan a sacar bocadillos y termos; yo prefiero
seguir en la ventanilla diciendo adiós a los campesinos que saludan brazo en alto desde
sus carros de labranza, a los guardavías, a los marciales jefes de las pequeñitas estaciones,
en las que el tren disminuye la velocidad, pero no para.
Y mientras allá en el fondo el sol se abre como una gran naranja, siento nacer en mí unos
pensamientos que yo no he fabricado, que surgen en mí como el sol tras los montes,
inevitablemente. Pienso en el triunfo del Papa-pastor que vuelve humildemente a los Estados
que hace un siglo visitara como Papa-rey. Siento una suave compasión por todos aquellos
que temían por la suerte del Papa si se perdían los Estados Potificios, por cuantos
gritaban "¡Viva el Papa-Rey!", acentuando tanto lo de rey como lo de Papa. El mundo gira,
corre. Sólo cien años y todo está más claro. Nunca más alto el prestigio de la Santa Sede,
nunca más triunfador un Papa que hoy sale en los vestidos del hombre de pueblo que fue
Cristo. Y pienso que la gran pena no es que la Iglesia perdiera los Estados Pontificios,
sino que no supiera abandonarlos a tiempo y con elegancia. El tren corre. Siento el aire
de la mañana colarse por las mangas de mi sotana. Un campesino, otro, otro, nos saludan.
Son las ocho y cuarto: el tren se detiene en Orte. La estacioncilla está atestada de una
multitud conmovida que grita, que canta, que aclama. El Papa se asoma a la ventanilla,
bendice, sonríe, bendice y sonríe inacabablemente. Reina. De verdad, de verdad.
Al pasar por Jesi, nos saludan las sirenas de las fábricas; en Narni, cientos de
banderas tricolores y blancoamarillas; en Spoleto son todas las campanas de la ciudad;
en Terni, la gente subida sobre los tejados de las casas. Pañuelos, pañuelos blancos.
Y niños en las estaciones, y campesinos que nunca fueron a Roma, y las bandas de
música de los pueblos con sus hombres uniformados de lujo. Vamos a Loreto, vamos a
rezarle a la Virgen por el Concilio. La mañana está limpia, no pudo estarlo más el día
de la Creación. Algo va nacer, algo va a ocurrir, quizá el mundo esté girando sobre
sus goznes sin que nos enteremos. La mano blanca del Papa sobresale por la ventanilla;
en las curvas llego a ver su rostro de crío ilusionado. Las cosas de Dios empiezan
siempre así: con alguien, infantil, que tiene fe. Un chaval, montado en un borrico,
nos saluda largamente con la mano hasta que lo perdemos de vista. ¿Qué recuerdos no
estarán naciendo en el alma de Juan XXIII?
Gianni se ha colocado a mi lado en la ventanilla. "¿Sabes -me dice- que el jefe de
la estación de Loreto es compañero de juventud del Papa?" Y me cuenta que Fernando
Provesi trabajó de joven con el joven sacerdote Roncalli en Propaganda Fide. ¿Le
reconocerá Juan XXIII? Un periodista alemán me dice que está preocupado por este
viaje: ¿Qué pensarán de él los protestantes alemanes? "¿Usted cree -me pregunta-
que la casa de Loreto es de veras la casa de Virgen y que los ángeles la trajeron
volando desde Palestina?" "No -le digo-, pero creo en cambio en la fe de cientos de
miles de hombres que lo han creído; creo en los cientos de miles de hombres sencillos
que han ido a esa iglesia con amor; entre tantas toneladas de cariño tiene que haber
forzosamente una presencia especial de la Madre. Y nosotros creemos en el amor, no en
los ladrillos". Son las once y cincuenta y tres cuando llegamos a Loreto. Suenan todas
las campanas de la ciudad. La estacioncilla está llena de letreros, que dicen: "¡Viva
el Papa!" y "¡Viva la Virgen!".
Hay un viejecillo trajeado de fiesta que se acerca a la portezuela del vagón
pontificio. Es el jefe de estación. ¿Fernando Provesi, el viejo compañero del Papa?
Juan XXIII baja su pie derecho al primer escalón. Se detiene. Mira a Fernando, el
dedo índice de su mano derecha le señala. "Nando -dice-, veo que los dos hemos hecho
carrera". Y Nando, temblando, sonríe y casi llora, y besa la sotana blanca del Papa,
que baja un escalón más y pone su mano sobre la cabeza del viejo amigo, que se queda
con ganas de responder al Pontífice: "Sí, los dos hemos hecho carrera, pero Vos un
poco más".
Y ahora hacia la basílica. El pastor está feliz, ahí está su rebaño, los cientos
de pueblerinos que nunca le vieron y que hoy han llegado de toda la comarca para
conocer y aplaudir a su Papa Juan. Están ahí, arracimados a lo largo de los dos
kilómetros que hay desde la estación a la basílica. Curas subidos a las ventanas,
monjas apretujadas en los balcones, frailes subidos en los techos, una pirámide
de muchachos jóvenes en la fuente central de la plaza. Y Juan, el bueno, avanza
en su coche descubierto, saludando, riendo, bendiciendo, recordando.
Recordando que él vino ya otra vez a Loreto y que entonces el billete le costó veinte
liras. Recordando que aquellos eran tiempos difíciles, cuando él era muchacho, que el
anticlericalismo florecía abundante y era peligroso para un seminarista hacer viajes
a los antiguos Estados Pontificios. Tanto que el pequeño Roncalli le dijo a la Virgen
que él la quería mucho, pero que lo que era volver a Loreto, él no volvía. "Y ya veis
-nos diría luego-, he venido."
¡Cuántas cosas en este día de ayer! Aún me arden en los ojos los recuerdos.
Los atascos de los coches, los gritos de la gente, la luz de la tarde en Asís. Pero
no he de hacer infinito este diario. Quiero registrar tan sólo el más hermoso de los
recuerdos del día: el del grupo de clarisas con las que coincidí en la basílica de
San Francisco en Asís. Estaban allí como dulces, asustadas palomitas en uno de los días
más hermosos de su vida. Un indulto especial les había permitido salir de su convento
y allí estaban esperando hace horas la llegada del Papa. Charlaban con una voz
muy tímida, nerviosas y felices.
Cuando las campanas de San Francisco se pusieron a cantar, las ocho monjitas
rebulleron nerviosas. Y al fin llegó la ola de guardias suizos, de guardias nobles,
de largas capas episcopales y cardenalicias, de entorchados y bandas diplomáticas;
la ola de gente, de curas y curiosos, nos estrujaron contra la pared. Las monjitas
se empinaban sobre sus sandalias, querían saltar, ver. Gritaban "vivas", aplaudían,
asustadas, felices, buscando un rincón entre todas las cabezas para encontrar el
blanco solideo del Papa. Cuando la ola pasó, también el Papa había pasado ya.
"¿Lo habéis visto, lo habéis visto?" se preguntaban. No, ninguna lo había visto.
Pero no estaban tristes. A la salida lo iban a hacer mucho mejor; ellas no
sospechaban que cuando pasa el Papa se armase tanto lío. A la salida iban a
ser valientes y le iban a ver.
Volvió la ola, los empujones, los uniformes, los entorchados. Solo una jovencita,
pálida, se hizo valiente, se adelantó, logró verlo un segundo, solo un segundo. Luego
la ola arrastró al Papa, la arrastró a ella, medio arrancó su débil toca gris y
blanca. Cuando se hizo la paz en la basílica se reunió jadeante con sus Hermanas.
"Lo he visto, lo he visto", gritaba. "¿Cómo era?", preguntaban todas a la vez.
"Todo de oro", respondía. "tiene cara de chiquillo, de niño cansado". "Cansado?",
preguntaban angustiadas las otras. "Sí, es muy viejecito", contestaba.
Las vi alejarse sin lograr ver al Papa en la única ocasión de su vida. Pero
iban felices, sabiendo que el Papa es todo de oro, y que tiene los ojos de chiquillo
cansado. ¿Cuántas miles de veces tendrá la Hermanita pálida que contar esta historia
a sus compañeras?
Caía la noche sobre Asís cuando volvíamos. Desde el tren veíamos el pueblecito
como un barco iluminado en la noche, con una larga, infinita fila de automóviles
atascados ante el paso a nivel.
Anoche me acosté cansado, feliz. El Concilio se abría bien. Un hombre iba a rezar
a la Virgen y la gente lloraba, gritaba con un tierno jolgorio navideño. La redención
comenzó así, pero en pequeño, hace dos mil años. El Concilio empezaba bien,
repitiendo, calcando una página evangélica.
Era media noche cuando apagué la luz de mi cuarto, después de tres días de
no dormir a gusto. Hoy me he levantado a las doce, con el tiempo justo para decir misa.
Cuando ayer mi despertador sonó a las cinco de la mañana, me desperté sobresaltado,
con la impresión de que algo muy raro estaba sucediendo. Encendí la luz casi por instinto
y tardé unos segundos en reconocer el cuarto en que me hallaba. Sentía en la cabeza el
aro de hierro de quien no ha dormido lo suficiente y tuve que hacer un esfuerzo para
convencerme a mí mismo de que debía levantarme.
-¿Supongo que mañana irás a Loreto, no?
-¿Supongo que mañana irás a Loreto, no?
-¿Pero tú qué diablos haces ahora en Roma?
-¡Seguro que no te lo imaginas! Tengo idea de que hay un Concilio por ahora, ¿no?
-Y seguro que tú ahora me llamas para que mañana te busque una entrada en el tren
pontificio.
-La verdad es que no esperaba tanto. Pero si tus infinitos enchufes me la logran...
-¿Pero tú sabes que son las once de la noche y que el Papa sale para Loreto a las
seis de la mañana?
-Lo sé. Pero siete horas son siete horas. Si mañana tuviéramos tantas para escribir
nuestra crónica...
-Habrá billete. Mañana a las seis de la mañana tocaré la bocina de la "moto" bajo tu
ventana; no me hagas esperar.
-Estate tranquilo. No te retrases tú.
-¿Cuántos años hace que faltas de Roma?
-Casi tres- le dije.
-Todo- responden.
-Veréis como aún tardamos diez minutos- sonríe el Papa.
-Pero esta vez- dice un valiente- entre viaje y viaje ha habido cien años.
-Por eso os lo auguro- ríe el Papa. ¿Y tú qué oficio haces?- pregunta a otro.
-Cronista. Cuento lo que veo.
-Rezaré para que siempre veas cosas hermosas. Pero vosotros limitaos a ser lo que sois:
historiadores. Lo malo es cuando os metéis a profetas.
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