Un periodista en el Concilio


12 de octubre de 1962


DISCURSO PRO CORONA Apertura

Esta mañana he querido dedicar mi meditación a una lenta lectura del discurso que ayer pronunció Juan XXIII. Y estoy aún impresionado. Ayer, un periódico vespertino, le llamaba con justicia un discurso pro corona, un discurso que marca toda una línea, programático. Me imagino que ayer los millones de tele-espectadores quedarían impresionados por las luces, por las mitras, por la grandiosidad de la ceremonia. Pero lo verdaderamente histórico de este día, lo que quedará, será este discurso.

Anoche lo comentábamos con un monje de la abadía de Chevetogne y nos decía que el discurso era tanto más importante cuanto que el Papa no había querido tener en la preparación del Concilio el menor "dirigismo". Había dejado a las comisiones trabajar libremente, sin entrar para nada en sus trabajos. Y he aquí que de golpe tomaba el timón en las manos y decía: "Por aquí hay que ir".

Y esto era aún más significativo en un Juan XXIII que nunca fue amigo de los grandes discursos. El Papa Roncalli ama charlar con sus oyentes, conversar, dejarse llevar por la palabra, acariciando viejos recuerdos, sacando del arca de su tierna experiencia.

Pero hoy, de pronto, las cosas cambian: su discurso no se limita a unas paternales palabras de circunstancias; es todo él una sólida estructura que sabe a donde va, plenamente consciente. ¿Se dará cuenta el mundo de que estamos ante un discurso realmente, simplemente histórico? En él está ya todo el programa de lo que el Concilio va a ser y el camino que la Iglesia va a tomar. El sólo bastaría para trazar largos cursos de historia eclesiástica contemporánea.

No trato de extenderme demasiado en estas notas escritas a vuela máquina. Pero tampoco he de omitir el subrayar algunas de estas nuevas líneas fundamentales, sobre todo en su parte central, en la que trata del Concilio que estamos empezando.

Ante todo el Papa afronta directamente la más ardua pregunta que hoy hay que responder: ¿Cómo es el siglo en que nos encontramos? ¿Ha de contemplarlo el cristiano con miedo, como si todo estuviera a punto de derrumbarse sobre nosotros, o ha de mirarlo con confianza, sabiendo que mil hermosas raíces están naciendo en él? Porque hay muchos cristianos que siguen manteniendo una postura muerta de rotura con nuestro siglo, que creen que la Iglesia ha de seguir luchando contra él, contra su cultura, contra toda su alma. Porque -piensan- en los tiempos modernos no hay más que prevaricación y ruinas. ¿Es justa esta postura? El Papa ha respondido sin el menor temor: no, no es justa. No podemos estar de acuerdo con estos profetas de desventura. No es cierto que nuestra hora haya empeorado en comparación con las pasadas. En el presente orden de cosas, en el cual comienza a dibujarse un nuevo orden de relaciones humanas, es preciso reconocer los designios de la buena Providencia que, a través de los acontecimientos y de las obras de los hombres, muchas veces incluso sin que ellos se den cuenta, se van realizando, haciendo que todo, incluso las fragilidades humanas, redunden en bien de la Iglesia.

El Papa ha dicho, pues, un solemne "Sí" al mundo moderno. El cristiano no tiene que presentarse ante él en postura defensiva, alarmada. También en nuestro siglo vive Dios, también en él vive su obra, también en él sigue latiendo la "buena Providencia".

Es cierto que nuestro siglo tiene problemas, que ocupado en la política, y en las controversias económicas muchas veces parece no encontrar ya tiempo para las preocupaciones espirituales, pero también es cierto que bajo otros aspectos este mundo tiene una gran ventaja: la de haber hecho que desaparezcan los innumerables obstáculos que en otros tiempos impedían el libre obrar de los hijos de la Iglesia.

Sí, viene a señalar el Papa, es cierto que en otros siglos la Iglesia estaba más "protegida", pero muchas veces estos protectores por motivos políticos y de propio interés terminaban maniatando a la Iglesia con sus ilícitas ingerencias. Por eso no sin una gran esperanza y un gran solaz vemos hoy a la Iglesia finalmente libre de tantas trabas de orden profano como en otros tiempos tenía.

Y esta Iglesia, al fin libre, al fin reconciliada con el mundo moderno se dispone a predicar a todos la verdad. ¿Ha de abdicar para ello de su futuro? ¿Ha de atrincherarse en él? Juan XXIII ha sabido dibujar con mano exacta este futuro de la voz de la Iglesia. En primer lugar el sagrado depósito de la doctrina cristiana ha de ser custodiado. Pero no basta custodiarlo avaramente. Además ha de ser enseñado en forma cada vez más eficaz.

Pero el Papa estima que este pensamiento es clave en la marcha del Concilio y vuelve sobre él para que quede bien claro: Es necesario, ante todo, que la Iglesia no se separe del patrimonio sagrado de la verdad recibida de los Padres. Pero al mismo tiempo tiene que mirar al presente, considerando las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo moderno, que han abierto nuevas rutas al apostolado católico.

Aún hay que aclararlo más. Y el Papa vuelve sobre sus ideas: La Iglesia de hoy quiere transmitir la doctrina pura e íntegra sin atenuaciones, pero nuestro deber no es sólo custodiar ese tesoro precioso, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también es deber nuestro dedicarnos con voluntad diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos.

¿Puede darse un mayor acto de fe en nuestro mundo, en el presente, que esta concepción de la Iglesia como caminante, algo inevitablemente actual? Desde estas posiciones el Papa quiere que el Concilio sea un salto hacia adelante, una fidelidad a la doctrina, sí, pero estudiando ésta y poniéndola en conformidad con los métodos de la investigación y con la expresión literaria que exigen los métodos actuales. Porque una cosa es la sustancia del "depósitum fidei", de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio prevalentemente pastoral.

¿Podía encontrar el Concilio un más claro y neto planteamiento? "Revisión desde la fidelidad", "adaptación desde la tradición", estos podían ser sus "slogans" y todo a la luz de esta palabra: "pastoral". No se trata tanto de erigir soberanas estructuras intelectuales, sino de servir, de "llegar", de ponerse al alcance del hombre.

Pero además de estas tres notas (fidelidad, modernidad, pastoralidad) aún ha de tener otras dos este Concilio: misericordia y tendencia a la unidad.

Con la misericordia se diseña un nuevo espíritu: el de un Concilio que "no quiere" condenar. En nuestro tiempo la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos. Un Concilio, pues, sin anatemas, sin luchas, sin posturas baratamente apologéticas. Un nuevo espíritu se abre: el que cree más en la virtud de la verdad en si misma, que en los frutos de la dialéctica polémica. Desde esta fe en sí misma -y no por una debilidad interior- la Iglesia católica quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad.

¿Cómo no subrayar lo importante de esta toma de postura que viene a cortar de raíz las esperanzas de cuantos soñaban este Concilio como la gran ocasión de aplastar a quienes no pensaban como ellos, de quienes hablaban de "cruzadas antital o anticual"?

Y aún una nueva nota: el afán de unidad. La Iglesia católica estima deber suyo el trabajar denodadamente a fin de que se realice el gran misterio de aquella unidad que Jesucristo invocó con ardiente plegaria al Padre Celeste.

He aquí otro hecho importante para la Historia. Es sabido que en un primer momento esta fue la idea fundamental en la convocatoria del Concilio, que ésta parece que fue incluso la idea madre en el momento de soñarlo Juan XXIII. Lo cierto es que luego esta idea pasó a muy segundo plano. Que vinieron aclaraciones y reaclaraciones que aclararon muy poco la cosa. Tanto, que se ha llegado a hablar de "la sustitución del recién nacido en la cuna" como si el verdadero Concilio que el Papa deseaba hubiera sido escamoteado por quienes le rodeaban. Hoy vemos que Juan XXIII quiere aclarar que su Concilio es su Concilio, y que el recién nacido es el que él quiso depositar en las manos de la Iglesia. El tema de la unidad no será el central, pero sí será el que dé sabor a todo; invadirá cada uno de los rincones del Concilio como invade todos los ángulos de este discurso cual un gran telón de fondo.

Después de dicho todo esto el Papa tiene motivos para el optimismo. En verdad que ahora es sólo la aurora y el primer anuncio del día que surge. Un buen día va a ser. El Papa ha dado el golpe de timón hacia los nuevos mares: hacia un catolicismo hecho de fidelidad, de fe en este siglo, de apertura pastoral hacia todos los hombres, de misericordia hacia los que yerran, de brazos abiertos hacia los alejados. Un espíritu nuevo, en verdad, un clima respirable, un aire nuevo para quienes no han cometido otro delito que el de nacer en el siglo en que han nacido.


PRENSA DE LA MAÑANA

Es interesante hojear esta mañana la Prensa. Interesante y alegre, Porque parece que la "insensata" Prensa ha entendido más que bien lo que ayer sucedió. Empezando por una simple medida en cantidad. La Prensa italiana de hoy -aún la frívola, aún la comunista- dedica al Concilio páginas enteras, dos, tres, cuatro algunos periódicos.

Pero aún es más interesante espigar en el contenido de sus editoriales. Creo que valdrá la pena recoger en este diario algunos recortes de esta Prensa internacional. Desde diversos ángulos, unos y otros van subrayando lo sucedido ayer, y en no pocos casos con innegable acierto. He aquí algunos párrafos significativos:

"El sentido de la vitalidad de la Iglesia es lo que más sobresale de la lectura del discurso del Papa. Y esto es muy importante, porque si para el creyente la Iglesia es un agua perenne, una fuente inextinguible, el que está fuera de los círculos católicos tiene fácilmente la impresión de que es una institución envejecida, atada al pasado. Pero del discurso del Papa lo esencial son esos fragmentos en los que disiente de los simples alabadores del pasado, y pasa a considerar obra de la Providencia el nuevo orden de las relaciones humanas hacia las que el mundo se encamina, y nos dibuja no sólo la posibilidad, sino también la mayor facilidad de ser buenos cristianos en las nuevas condiciones de vida."

(La Stampa, Turín.)

"Este Concilio apenas iniciado nos asombra y nos llena de pensamientos con sus sugestivos presagios. Es aún sólo la aurora, pero la luz ya está viva. Y se encienden muchas esperanzas para la larga jornada."

(Il Corriere della Sera, Milán.)

"Este Concilio quiere ser el Concilio de la caridad, de la misericordia. Y no es casualidad el hecho de que en el mensaje sean tan frecuentes las citas tomadas del Evangelio de San Lucas que, como señalaba el cardenal Lercaro, es el Evangelio de la misericordia. Por tanto, nada de polémicas, El Pontífice se dispone a poner el acento en lo que une, en lo que hermana, con preferencia sobre cuanto divide."

(Il Mesaggero, Roma.)

"La presencia de algunos obispos de la Iglesia del Silencio en Roma demuestra que la religión, de la que Stalin se reía, está bien viva en aquellos países. En veinte siglos la Iglesia ha atravesado las peores tempestades con la tranquila certeza de tener a su favor la promesa de la eternidad. Ha sobrevivido a los cismas; a la Reforma; a la Revolución francesa; al positivismo. ¿Por qué debería temblar ante el marxismo?"

(Le Monde, París.)

"El Concilio se ha abierto con una gran sorpresa: se esperaba un discurso tradicional, de simple bienvenida. Juan XXIII, en cambio, ha pronunciado un discurso verdaderamente histórico, atacando sin términos medios ciertas posturas y doctrinas completamente superadas que no conceden a la Iglesia su derecho a desposar nuestro siglo. Se conocían ya los sentimientos profundos del Pontífice, su apertura de ánimo, su extraordinaria tenacidad. Pero hoy los ha manifestado con singular determinación. No hay duda de que este discurso irá derecho al corazón del mundo católico."

(Paris Presse.)

"Lo que se esperaba de esta asamblea no es la proclamación de un dogma nuevo, sino sobre todo que la doctrina cristiana sea clarificada para ayudar al hombre común a afrontar sus preocupaciones cotidianas en la familia, en el trabajo y en los grandes problemas de nuestro tiempo: la guerra, la paz, la amenaza de destrucción nuclear, los problemas de la coexistencia, la ayuda a los países subdesarrollados."

(Times, Londres.)

El Concilio Vaticano II no podrá llegar a compromisos que consintieran la unión orgánica con otras confesiones, ortodoxas y protestantes, que no reconozcan la autoridad del Papa. Pero de todos modos los cristianos deben alegrarse por el hecho de que este Concilio se reúna en una atmósfera de cordialidad y de espíritu de cooperación, como nunca se habían manifestado desde los tiempos de la Reforma entre los que pertenecen a la Iglesia Romana y los que están fuera de ella. La mayor parte del mérito de este acercamiento se debe a Juan XXIII. En el curso de los cuatro años de su pontificado el calor de su personalidad ha despertado la buena voluntad de los jefes religiosos alejados de su sede."

(Daily Telegraph.)

"El mundo sigue atentamente a los católicos y a los miembros de otras confesiones cristianas y ortodoxas, y espera las decisiones de Roma. Las puertas entre los cristianos divididos se han abierto ya demasiado para que puedan volver a cerrarse."

(Neue Tegeszeitung.)

"Quizá los resultados del Concilio no serán suficientemente comprendidos por nuestra generación. Pero es claro que si todas las ramas de la cristiandad logran olvidar los antiguos odios y sustituirlos por las antiguas verdades, se podrá ciertamente realizar el milagro de la cristiandad unida."

(New York Times.)

"El Papa Juan ha demostrado ser un reformador de larguísimas miras, uno de los más activos jefes religiosos. La lucha que hoy sostiene contra el materialismo y el laicismo no se limita a las palabras, sino que entra de lleno en la acción, como lo testimonia el inmenso esfuerzo que está realizando para la unión de los cristianos."

(New York Mirror.)

Naturalmente, no todo ha sido sensatez, vida y dulzura en la Prensa, también, y una vez más, extremas derechas y extremas izquierdas tratan de usar el Concilio para sus fines, y así, mientras el comunista L'Unità interpreta hoy el "salto adelante" de la Iglesia como "una rectificación" y como "el abandono de toda, una línea", el fascista Il Secolo titula a ocho columnas como el eje del día "El Concilio rezó por la Iglesia del Silencio", cosa que efectivamente hizo también el Concilio, pero que no resume en absoluto lo central ni lo más importante de la asamblea de ayer.

Y tampoco han faltado los títulos "deliciosos". Quede aquí como testimonio uno sólo, el de Arriba: "El Papa presidió la apertura del Concilio." ¿Pues quién la iba a presidir?

SEIS ANECDOTAS, SEIS

Y siguen llegando las anécdotas, esa salsa de las noticias que los periodistas necesitamos tanto como el pan. Y nadie es tacaño cuando sabe una: circulan por la sala de Prensa para ir a hacer sonreír a miles de lectores. Como éstas:

EL CORAZON DE TODOS LOS NIÑOS

A las cinco de la mañana de ayer llegaron los primeros fieles a coger sitio en la plaza de San Pedro cuando aún diluviaba sobre Roma. Era un grupo de niños del Instituto Salesiano "San Tarsicio". Llevaban una pancarta que decía: "El corazón de todos los niños del mundo".

TELEGRAMA PARA LOS PRESOS

El Papa tuvo ayer una larga jornada. Se levantó a las cuatro y media de la mañana y a las doce de la noche aún seguía encendida la luz de su cuarto. Y tuvo sitio para todo en su corazón: incluso para el que fue el último acto de su jornada pública: responder a un telegrama de adhesión de los presos de Regina Coeli, a los que visitó a los pocos meses de ser Papa y que recuerdan aún su visita.

UN OBISPO SIN MITRA

En la procesión de ayer hubo un obispo sin mitra. Sobre su cabeza una simple birreta roja. Era el congoleño monseñor Kua, nombrado obispo hace cuatro días y no consagrado aún. Pasado mañana será consagrado en la capilla de Propaganda Fide.

LATIN TURISTICO

A L'Osservatore Romano le han gustado los anuncios en latín. Hoy publica otro y esta vez para un anuncio turístico que nos dice que Suiza es preciosa: "Omnes viae Romam ducunt, omnium vero pulcherrima per Helvetiam".

TAMBIEN LOS JUDIOS

El presidente de la Unión de Comunidades Israelitas Italianas ha dirigido un telegrama al secretario del Concilio: "En la inauguración del Concilio Vaticano II -dice- interpreto los sentimientos de todos los judíos de Italia, formulando el voto de que el Concilio abra al mundo nuevas perspectivas de paz y fraterna colaboración entre todas las gentes y todas las religiones. Los judíos nutren la esperanza de que la solemne Asamblea pueda seguir el camino trazado por Juan XXIII para que, en una hora de grave crisis, los comunes valores espirituales sean reforzados y apuntadas nuevas metas de mutuo respeto y fraternidad entre los hombres".

NO HABRA MAS GUERRAS

Sucedió en la plaza de San Pedro durante la ceremonia de apertura: una viuda de guerra explicaba a su hijito lo que era un Concilio: "Ya no habrá nunca más guerras -decía-. Lo van a decidir ahí dentro".


LA NOTICIA DEL DIA: OBSERVADORES DE MOSCU

La noticia del día ha sido ésta sin duda: Ya están aquí los observadores de la Iglesia rusa. Los hechos se han precipitado inesperadamente. Y crean un problema grave para las Iglesias de Constantinopla y Atenas. ¿Cuál va a ser ahora su reacción?

Como es sabido fue siempre la Iglesia de Moscú la más opuesta al envío de observadores. Tanto que la Iglesia de Constantinopla renunció a sus deseos de enviarlos sólo para no romper la unidad de las Iglesias ortodoxas. Y un acuerdo en este sentido se tomó en Rodas: o vendrían todas o no vendría ninguna.

Al aproximarse la fecha del Concilio el Patriarca Atenágoras, de Constantinopla, escribió una carta y un telegrama al Patriarca Alexis, de Moscú, preguntándole su decisión definitiva, a fin de poder contestar -como el más antiguo de los Patriarcas- en nombre de las tres grandes Iglesias ortodoxas. Ninguna respuesta.

Nuevo telegrama urgente. Y esta vez respuesta del Patriarcado de Moscú en fecha 7 de octubre: "No tenemos nada nuevo que comunicaros".

En vista de esta respuesta, que el Patriarca de Constantinopla interpretó lógicamente como una negativa, el pasado 10 Atenágoras envió al cardenal Bea un telegrama que decía:

"La Iglesia ortodoxa de Constantinopla, de acuerdo con las demás Iglesias ortodoxas, responde a la invitación de Su Eminencia que no puede enviar observadores al Concilio Vaticano II. La Iglesia ortodoxa continuará observando con interés las noticias del Concilio de Roma y rezará para su buen éxito. La Iglesia ortodoxa está segura de que este Concilio abrirá nuevas vías para el diálogo con los ortodoxos y para una unión de las tres Iglesias, que ambas partes desean ardientemente."

Y aquí surge inesperada la noticia. El mismo día en que Atenágoras pone este telegrama se reúne el Santo Sínodo de Moscú y -sin contar con las otras dos Iglesias ortodoxas- decide enviar dos observadores al Concilio. Horas después éstos salen para Roma.

Es comprensible el desconcierto que esta noticia ha producido en Constantinopla y Atenas y el temor que se vive en Roma de que la forma en que esta decisión ha sido tomada por Moscú pueda envenenar un tanto la alegría que esta venida supone, y hasta que pudiera enturbiar las buenas relaciones que el telegrama de Atenágoras refleja, de modo que Constantinopla o Atenas pudieran juzgar como torcida la conducta de Roma, que simplemente se ha limitado a invitar a las tres Iglesias a venir.

Por el momento la reacción de Constantinopla es de desconcierto: "Estamos sencillamente maravillados" ha declarado un portavoz del Patriarca Atenágoras. La reacción de Atenas ha sido más violenta: ven en esta venida una maniobra política, movida incluso por los jefes del Kremlin.

En Roma, por el momento, no hay opinión oficial. Evidentemente hay alegría en el hecho de que vengan los representantes del Patriarcado moscovita. Pero todos lamentan el que esta decisión no se haya tomado de acuerdo con los otros dos Patriarcas, de modo que esta venida pueda interpretarse como un afán de desbancar a los otros Patriarcas por parte del de Moscú. Delegados rusos

Lo cierto por el momento es que los observadores rusos ya están aquí y que ayer una turba de periodistas fuimos a esperarlos. Son dos monjes jóvenes, serios, corteses. Vladiwir Klotarov tiene tan sólo treinta y dos años y era vicedirector de la misión de la Iglesia ortodoxa rusa en Jerusalén. Su padre es pope de una parroquia en Leningrado. Vladimir, después de ser profesor en la academia teológica de esta ciudad, ha participado en numerosas asambleas para la unión de las Iglesias y recientemente asistió a las de Nueva Delhi y París. En el momento de ser enviado a Roma regresaba de París dispuesto a retornar a Jerusalén, cuando el Santo Sínodo le envió como observador al Concilio. Es el clásico monje oriental, con su larga barba negra y anchas mangas en su hábito negro también. En su muñeca izquierda he visto enrollado un rosario.

Vitali Borovoi es casi un gigante. Nacido en 1916 de una familia de campesinos de Bielorrusia, está casado y tiene dos hijos. Ha sido profesor de Historia Eclesiástica en Leningrado y actualmente representa en Ginebra a la Iglesia rusa ante el Consejo Mundial de las Iglesias.

¿Cuál va a ser su postura en el Concilio? Nadie puede saberlo, por el momento se han negado a contestar a todas las preguntas de los periodistas. Han sonreído corteses y han entrado en el hotel en que se les alberga junto a la mayoría de los observadores.


LOS EMBAJADORES SE VAN

El Papa ha recibido hoy en audiencia especial a los miembros de las 85 misiones que ayer asistieron a la inauguración del Concilio. Ha sido una ceremonia de agradecimiento y de despedida. De agradecimiento porque la Santa Sede tiene que ver con gusto el respeto que supone para este Concilio el que 85 países hayan enviado sus representantes. Y de despedida porque, fuera de la presencia honorífica en la apertura, el político no tiene ningún lugar en el Concilio.

Es hermoso esto: en la asamblea de los hijos de Dios nadie tiene preferencias porque nadie es más hijo de Dios que los demás. Y, ante un Concilio, un jefe de Estado está a la misma altura que la última de las lavanderas. Se acabó el tiempo en que los embajadores de reyes cristianísimos asistían a los Concilios para proteger a la Iglesia con protecciones que tantas veces protegían tan poco. Los vientos han cambiado. Hoy tienen una bonita tribuna en las ceremonias esplendentes. Pero luego -a la hora del Concilio- se van.


AYER, EN SOTTO IL MONTE

Después de Roma, la máxima altura de emoción la vivió ayer Sotto il Monte, un pequeño pueblecillo del norte de Italia. Hermanos Roncalli

Eran sólo las cinco y cuarto de la mañana cuando los tres viejos salieron de casa. Vestían los tres de oscuro, y uno de ellos se apoyaba en el brazo de sus hermanos, vacilando al andar porque sus ojos apenas ven más que borrones de sombras.

Uno se llama Alfredo y tiene setenta y tres años; el más joven, José, y tiene setenta y ocho; el más anciano es Javier, que tiene ya setenta y nueve. Hay en los tres un aire campesino inconfundible, pero dentro llevan una fuerza que les hace más vivos, que acelera sus pasos.

La pequeña campana de la ermita da su segundo toque y ellos aceleran el paso. La misa va a empezar a las cinco y media, como todas las mañanas.

Cuando los tres ancianos entran en la Iglesia, el grupo de fieles, que ha llegado antes, les abre paso. Y José, Alfredo y Javier se arrodillan en el primer banco, muy cerca del altar, se hincan de rodillas, dejan caer sus cabezas sobre las manos y comienzan a rezar por su hermano. Por su hermano Angel, que dentro de dos horas va a presidir en Roma el Concilio Ecuménico. Porque su hermano Angel José Roncalli es ahora conocido en todo el mundo por otro nombre: Juan XXIII.

Ayer fue fiesta para Sotto il Monte. Sus 1.700 habitantes vivieron la inauguración del Concilio como en ningún otro pueblo del mundo. El párroco, don Pedro Bossio, dijo su misa emocionado en aquel altar de la ermita de la Virgen donde monseñor Roncalli -como ellos le llaman- decía misa cuando iba de vacaciones. Y cuando don Pedro se vuelve y contempla a las 300 personas que se apretujan en la pequeña Iglesia piensa en lo extraños que son los caminos del Señor: setenta años atrás otro sacerdote decía misa en este mismo altar y había otro monaguillo ayudándole a misa.

¿Cómo iba a sospechar aquel párroco, hoy ya muerto, que, en esta mañana, aquel monaguillo de entonces iba a cruzar, sobre un trono de gloria, entre dos mil quinientas mitras llegadas de todos los rincones del mundo?

En Sotto il Monte apenas entienden esto de tan grande como es. Javier lo confiesa abiertamente: "El Concilio es una cosa demasiado grande para que nosotros podamos comprenderlo. Pero nos ha conmovido a todos".

Y, conmovidos, descienden hacia el pueblo, ahora casi desierto, porque más de la mitad de sus habitantes ha partido al alba hacia Milán, a trabajar. También Alfredo, José y Javier tienen que trabajar. Y hoy van a hacerlo más de prisa que nunca, porque dentro de dos horas su hermano "sale" en la televisión. Y en casa de José las vacas se agitan en el establo esperando su pasto. Y Alfredo tiene todavía grandes montones de maíz por desgranar. Y en casa de Javier la uva espera para ser pisada. Por eso los tres hermanos van a su trabajo. En el día de la gloria de su hermano ellos le van a regalar el obsequio de un trabajo bien hecho. Pero de prisa, de prisa, porque dentro de un rato va a comenzar a funcionar la televisión. Sotto il Monte

En el cuarto mayor de la casona solariega está el televisor que un periódico católico les regaló hace cuatro años para que pudieran seguir la ceremonia de la coronación de su hermano. Y, ante él, se colocan todos los familiares, ahora que los niños se han ido a la escuela. Los viejos se ponen delante, Alfredo el primero, porque no ve más que la luz cuadrada en el televisor, pero quiere que los sonidos y las palabras le dibujen lo que sus pobres ojos cansados no pueden ya ver.

Y la apertura del Concilio comienza. Hay un silencio impresionante en todos. Del campo llegan los rumores cotidianos a través de la ventana, abierta para que puedan oír desde el patio los sobrinos del Papa que no pueden interrumpir su tarea y que vienen de vez en cuando a dar una ojeada. Nadie habla, nadie comenta. Si alguna vez a alguien se le escapa una lágrima, ésta corre libre mejilla abajo, porque moverse para secarla parecería un pecado. Se siente crecer la conmoción de todos, una emoción distinta en cada uno, densa, sólida la de los ancianos, admirada, jubilosa la de las sobrinas más jóvenes.

Nadie comenta nada. Son campesinos como todos los campesinos del mundo. Les molesta la presencia de los periodistas. Cuando hablan, después, lo hacen con frases sueltas, perdidas. "Ha sido como cuando en la coronación." "La impresión, de momento, es tan grande que no se consigue ni siquiera comprender lo que está sucediendo. Luego, más tarde, cuando se piensa en ello, se descubre que era bellísimo."

Todos lo han vivido hacia dentro. Los recuerdos del hermano han ido renaciendo dentro de cada uno de ellos, las historias infantiles, sus vacaciones más tarde cuando viajaba por países lejanísimos; los detalles de los días en que se fue al cónclave en que le harían Papa... "Era tan viejo -dice simplemente su hermano Javier- que todos creíamos que no lo elegirían. Ahora él está allí y nosotros aquí; pero, cuando volvemos a verle, nos damos cuenta de que él sigue siendo el de siempre. Pienso que a veces debe sentirse prisionero del lujo; pero, al verle sonriente, veo que sigue siendo como en nuestros recuerdos." "Hay momentos -dice uno de los sobrinos- en que uno se esfuerza por comprenderlo. Nosotros seguimos siendo los mismos, pero algo ha cambiado en nosotros."

Sí, Juan XXIII sigue siendo para ellos Angel José Roncalli. Cada quince días les escribe a través de su secretario, pregunta por sus libros, por sus amigos, por sus sobrinillos. Y ellos también le escriben y le cuentan las pequeñas cosas del pueblo, que a Angel José Roncalli siguen interesándole apasionadamente.

Ha caído la tarde. Pero aún tienen que paladear su alegría nuevamente. La televisión va a volver a dar un largo reportaje de la ceremonia para cuantos no pudieron verlo por la mañana, y va a transmitir en directo la procesión de antorchas en la plaza de San Pedro.

Ahora el clima de la sala ha cambiado: están los niños. Y los chiquillos preguntan, chillan, besan el televisor. "Es el tío, es el tío Angel", gritan cuando se acostumbran a la presencia de los periodistas extraños. Y en la sala reina un aire más abierto de alegría porque los pequeños hacen más luminosos los recuerdos.

Luego el Papa sale a la ventana y comienza a hablar a los romanos reunidos en la plaza romana, pero a los de Sotto il Monte les parece que hablase sólo para ellos. Uno de los niños, el rubio Juan, el más pequeño de los sobrinos del Papa, se ha dormido. No puede oír las palabras del tío lejano que, vestido de blanco, dice al mundo las palabras más tiernas, que -oídas con el acento bergamasco de la voz conocida- suenan en esta sala con ternura multiplicada. Dice: "Cuando lleguéis a vuestras casas haced una caricia a vuestros hijos. Y decidles: Esta es la caricia del Papa". Y los viejos, conmovidos, acarician al pequeño Juan con la caricia del "tío de Roma", del tío Angel, que tantas veces lo acarició con estas manos que ahora reparten bendiciones a todo el mundo.


Y MAÑANA..., ELECCIONES

Mañana entra el Concilio "en su salsa": elecciones para las comisiones. 160 nombres que nos darán ya una buena pista sobre la orientación del Concilio. Pero... Sí, hay una preocupación en el aire: ¿cómo harán esta elección los obispos si apenas se conocen? Ayer y hoy ha habido algunas reuniones de los diversos Episcopados para estudiar esto, pero la sensación que se tiene es que no están las listas maduras. Hoy corrió por algunos grupos episcopales una lista de candidatos con sello y membrete del Santo Oficio. Pero todo sigue estando difícil. ¿Conocen los obispos españoles a los indonesios, y los brasileños a los alemanes? Gira por el ambiente la posibilidad de que las elecciones se retrasen. Esperemos.
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